Johann Wolfgang Goethe

"Cuán insensato es el hombre que deja transcurrir el tiempo estérilmente."

Tuesday, January 24, 2012

Ya con su corta edad, surcaba por su mente el ideal del príncipe azul; aquel que con un sólo beso le hiciese despertarse del eterno sueño.
El esperado príncipe no se dejaba ver, pero ella no perdía la esperanza -jamás-.
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Ya tenía diecisiete años y una tarde, paseando por uno de sus museos preferidos de Madrid, notó el soplo de una voz que parecía se dirigía a ella. 
Miró a hacía su hombro izquierdo, y ante su silueta se escalonaba un hombre maduro, esbelto y moreno, con traje y corbata. Le preguntó si solía venir sola a menudo a los museos.
Ella no supo qué contestar, sólo pudo -sonreír-.


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Aquella tarde todo tenía otro color. 
Sus manos temblaban cuando la noche se apresuraba y con ella, el vino corriendo por sus venas.
Sentía un torbellino imparable surcando sus entrañas, y ninguna fuerza sería capaz de frenarlo.
Juntos,... se fueron aproximando, depositaron las copas en la mesa de cristal, y ... segundo tras segundo, sin dejar de mirarse, sus labios fueron aproximándose el uno al otro como dos imanes que sienten curiosidad y miedo a la vez por lo que pueda suceder si se unen. 
Aquello no fue un beso. Fue unión, placer, sentimiento y ardor en todo el cuerpo. La piel de gallina cubría su cuerpo excitado.
Le cogió en brazos y como una princesa en un cuento de hadas, la llevó con su vestido rosa hasta la habitación. 






Primeros rayos de sol del amanecer; mirar hacia la ventana con un amanecer cautivante.
Retorcer la cabeza oliendo las sábanas lentamente, y ver su rostro dormido... rozar sus brazos con la yema de los dedos, y decirle al oído:


-Buenísimos días señorito.
-Buenos días princesa, ¿cómo has dormido? ¿estás a gusto?
-No hay lugar en la tierra ni en el universo donde pudiera estar más a gusto que en esta cama, sintiendo que estás justo aquí; delante mía y que no eres un sueño.
-Eres preciosa ¿lo sabías? tienes dos lunares perfectos en el lado izquierdo de tu rostro y ahora mismo brillan profundamente con la luz del sol.
-¡Qué tonterías dices!...deja de adularme anda.
-Yo no adulo, sólo sé decir lo que pienso cuando lo pienso y en el mismo momento en el que lo pienso. 
-¿Y qué piensas ahora mismo?
-Que amo cada centímetro de tu cuerpo, eres perfecta. 
-¿Y eso es lo único que amas de mí?
-Hay cosas que no se pueden decir, pero me cautivaste desde el primer momento en que te vi contemplando aquel cuadro de Monet, con tu mirada fija, tu cuerpo erguido, y esa sustancia que desprendías, tan atrayente como un diamante, pero a la vez tan invisible como el viento.
-Bueno, supongo que es una respuesta aceptable...aunque, ¡los diamantes no me atraen lo sabes!
-Era una metáfora...¿no querrás que te haga una lista de todas las cosas que me gustan de ti? 
-No; esa lista haz que prevalezca en tu mente, y cada día que nos veamos dame una pista para que vaya adivinándola poco a poco. No tengo ninguna prisa.
-Está bien, trato hecho; por cierto...¿desayunamos?
-¡Sí!


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Un par de años después él se marcho a Londres, y ella se quedó con todos los recuerdos, que recuerdos son, y recuerdos serán para toda la vida.
Ella amó, desbordó todos sus sentimientos hasta colapsarlos de sabor agridulce; viajaron y vivieron lo que quisieron y más. Creció y maduró día a día, entendiendo que en el amor no todo es un cuento de hadas. 
Sin embargo, sólo quedaron en su memoria los momentos fugaces de felicidad que juntos crearon sin querer, dejándose llevar.