Johann Wolfgang Goethe

"Cuán insensato es el hombre que deja transcurrir el tiempo estérilmente."

Monday, December 12, 2011

Me desperté con ganas de comerme el mundo y así fue como empezó todo.
Unas pinceladas de rimel y anti-ojeras después de una ducha cálida; unos sorbos de zumo de naranja recién exprimido; un vestido rojo palabra de honor y me dirigí hacia donde no hay lugar ni parada. Cogí el coche invisible, y a mil por hora conduje hasta que olí la sal marina. 
Frené de golpe y me detuve ante aquella luz radiante que desprendía el color del agua; abrí la ventana y sacando la cabeza respiré profundamente. Olía a libertad. 
Es un olor incomparable, no tiene substancias ni conservantes, es completamente palpable por los sentidos y cuando se adentra en ellos, los contamina de energía. 
Tras unos minutos de apasionada exhalación, me dispuse a bajar de aquel transporte rojo con mi atuendo y quitándome los tacones corrí hacia la arena; los dedos de los pies se mezclaban con aquel talco color beige que te acariciaba ligeramente todo el cuerpo cuando te tumbabas sobre él. 
Me adentré hacia el mar, empapando el vestido y flotando boca arriba estuve pensando en la maravilla que me sostenía. 
No había nadie, pero allí residía todo lo que ansiaba. 
Buceando podía vislumbrar las manadas de peces de todos los colores, rozándome los brazos y las piernas; parecía que querían hablarme con su boca disparaban pompas; dentro de ellas se podían leer sus mensajes implícitos.
"estás en el lugar donde se dejan atrás los tormentos y las penas"; "aquí sólo emanamos energía pura, que perdura si eres capaz de captarla"; "así que esfuérzate en sacar toda la sustancia de este momento, porque jamás se repetirá".
Miraba el paisaje acuático como si fuera un mundo subterráneo y desconocido, pero mi instinto me decía que ya había estado en ese lugar alguna vez.
Nadé hasta las rocas que se cernían en la cornisa de la playa y deposité mi cuerpo sobre ellas; para mi sorpresa eran blandas y se amoldaban a mi cuerpo como si de una almohada gigante se tratase. 
Escuché el susurro de las gaviotas y contemplé la diferencia de azules entre el cielo y el mar.
Cuando el sol empezó a caer, y mi vestido estaba seco, volví al coche.
Pulsé el botón de vuelta y de nuevo me encontré en mi habitación. 


Mi madre llamó a la puerta y le dije que estaba estudiando. Cuando la abrió me vio con aquel vestido y se preguntó porqué había elegido ese atuendo tan festivo para la universidad. Le dije que había ido a un evento y me habían explicitado que era obligatorio ir de etiqueta. Frunció el ceño un tanto sorprendida pero no quiso hacer preguntas. 
Me eché en la cama y abrazada a la almohada recordé lo acontecido horas atrás. 
"Jamás se repetirá". 
Lo que sabía es que ya no era la misma después de aquel día. Una sustancia culminaba mis venas y hacia que mi corazón latiese distinto. Pausado, tranquilo y apaciguado.